martes, 28 de junio de 2011

LA TORRE DE LOS LUJANES, EN LA PLAZA DE LA VILLA DE MADRID.

Escudo Armas de Los Lujanes
La Torre de “Los Lujanes”, y la casa que aparece adosada a ella, se encuentran en la Plaza de la Villa número 2 de Madrid, haciendo semiesquina con la original y recoleta calle del Codo, en el Distrito de Centro, 28005. En dicho edificio curioso se encuentra la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Se puede consultar más datos en http://www.racmyp.es/ y su teléfono es el 915 481 330.

ALGO DE SU HISTORIA:

Hay que tener presente que es más antigua la torre que la casa, ya que aquella se construyó en el siglo XV y esta siglos más tarde. Su nombre es debido a que era la residencia de la familia Luján hasta el siglo XVIII, una de las más influyentes de la Edad Media madrileña.

Cuentan que llegó a ser prisión del rey Francisco I de Francia, cuando fue hecho prisionero en la Batalla de Pavía, en 1520. Años más tarde, mediando el reinado de Fernando VII, la casa albergó el Telégrafo Óptico de Madrid, y a partir de la mitad del siglo XIX fue sede de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País y de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, que es quién ocupa hoy día dicho edificio singular. Entre tanto, en 1910, se había trasladado la Hemeroteca Municipal, si bien en 1983 volvió a su ubicación original esta dependencia municipal madrileña.

La Torre de “Los Lujanes”, y la casa adosada a ella, están consideradas como el edificio más antiguo de la ciudad de Madrid. Su potada gótica, los escudos familiares y la puerta con el arco en estilo mudéjar, único en Madrid, que se encuentra en uno de sus laterales, en la calle Del Codo, dan fe de ello. Consideran los expertos que es una de las pocas construcciones que aún perviven en pie del Madrid anterior al siglo XVI.

CARACTERÍSTICAS:

En su conjunto consta de un caserón señorial y una robusta torre alambronada rematada por una torreta con cubierta a cuatro aguas. La casa, de planta irregular y con un patio central, fue ordenada construir por Álvaro de Luján en 1494, y en ella, como se ha dicho, residió la familia Luján hasta bien entrado el siglo XVIII.
Espada de Hernando de Alarcón

Esta torre fue una de las que se construyeron en la Edad Media para defender la villa de Madrid de un posible retorno de los musulmanes, siendo una de las torres de los linajes más distinguidos de la población.
Rey Francisco I

Cuando sus propietarios, la familia de Los Luján, perdieron su prepotencia, y fue disminuida la altura de la torre por tanto, la vendieron a Don Hernando de Alarcón, que era un valiente capitán de los Tercios españoles en Italia, y que, tras la batalla de Pavía, fue encargado de la custodia y protección de la persona del rey Francisco I de Francia.

LA TRADICIÓN:

Aunque no existen datos contrastados, la tradición oral cuenta que el rey Francisco I de Francia residió durante un tiempo en la torre, mientras esperaba el acondicionamiento de algunas estancias en el Real Alcázar, durante su cautiverio tras ser capturado en la Batalla de Pavía en 1525.

La cautividad del rey Francisco I duró desde el mes de marzo de 1525 hasta el 21 de febrero de 1526, que habiéndose firmado capitulaciones entre Carlos I de España y Francisco I de Francia, tanto de paz como de asuntos políticos, se determinó ponerle en libertad conduciéndole hasta la frontera francesa, bajo la vigilancia de capitán de los Tercios de Italia Don Hernando de Alarcón, propietario de la Torre de “Los Lujanes”.

Por estos servicios al rey Carlos I, fue premiado Don Hernando de Alarcón con el título de marqués de Valla Siciliana, cuyo escudo, del linaje de los Alarcón aún puede verse en la hermosa portada de piedra de la casa de “Los Lujanes”, en la Plaza de la Villa de Madrid.

LA REALIDAD DE LA ESTANCIA DEL REY FRANCISCO I DE FRANCIA:
Dibujo de Jesús Evaristo

La realidad, que no la tradición oral, que consta en una acta notarial levantada en febrero de 1526, es que el rey Francisco I de Francia estuvo única y exclusivamente preso en el Real Alcazar de Madrid, durante el todo el tiempo de su permanencia en Madrid, y no en la Torre de “Los Lujanes” ni en ningún otro lugar. Y ello era lógico que así fuese, puesto que por su calidad de persona Real sólo podría cumplir un arresto o permanecer custodiado en un palacio real, nunca en una propiedad particular.
Espada de Francisco I

La espada, la de protocolo, que el rey Francisco I de Francia entregó en señal de rendición pasó a la Armería Real del Emperador Carlos, en el Real Alcazar de Madrid, junto con la borgoñota, la manopla, la tarja, especie de escudo adosado a la armadura, la testera de su caballo y una daga.

Esta espada, la de protocolo, fue reclamada en el año 1808 por el general Murat, gran duque de Berg, durante la ocupación napoleónica, y se apoderó de ella, no para devolverla al Gobierno francés, sino a título personal para su propia colección de armas.

Hoy día solamente se conserva en la Armería del Palacio de Oriente, donde puede ser visitada, el guantelete o manopla del rey Francisco I de Francia.

Espada de protocolo de Francisco I

Fachada de la Pastelería del Horno del Pozo, Madrid

COLOFÓN:

Una vez visitada y disfrutada como se merece la Torre de “Los Lujanes”, junto con su casa adosada, sede de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, conviene para la solaz del cuerpo y de la mente girar una visita, obligada, a la cercana calle del Pozo número 8, donde se encuentra otro de los rincones recoletos y curiosos de Madrid, y poco conocidos por el común de los madrileños, excepto para los muy golosos o para aquellos que buscan las maravillas de la dulcería madrileña…., el HORNO DE LA CALLE DEL POZO, una de las más antiguas pastelerías, con su horno incorporado en el interior del establecimiento, de este amable pueblo.

Próximamente hablaremos del Horno de la calle del Pozo número 8 y de sus deliciosos manjares.

sábado, 25 de junio de 2011

EL CABLE INGLÉS Ó EL ALQUIFE, en ALMERÍA.

Aunque este blog está dedicado a mi “pueblo” Madrid y a sus curiosidades, dado que considero a Almería como un lugar al que amo desde hace muchos años, quiero recoger en él un lugar curioso e insólito, hoy día, como es el Cable Inglés ó el Alquife, verdadero monumento digno de ser conocido y conservado.

EL CABLE INGLÉS ó EL ALQUIFE: UN POCO DE SU HISTORIA.

El fenómeno de la explotación minera de fines del siglo XIX y los comienzos de la industrialización del sur de España tiene uno de sus mejores testimonios en esta obra notable de ingeniería que cuenta, además, unos avanzados criterios y aportes de la construcción en metal de reconocida transcendencia dentro de la historia de las obras civiles.

Fue diseñado y construido por arquitectos de la Escuela de Gustave Eiffel, de la compañía francesa Fives-Lille, previéndose la utilización de los materiales siguientes: hierro, acero, hormigón y madera, y se construyó una vez finalizado el ferrocarril Linares-Almería, con el fin de dar salida a todo el material que llegaba por tren desde las Minas de Alquife, cerca de Guadix en Granada, y se acumulaba en el Puerto de Almería. Se encuentra a unos 900 metros de dicha estación, y, una vez en lo alto, por acción de la gravedad, descargaban su contenido en unos depósitos en el interior de la estructura. Una vez allí, y de nuevo por la gravedad, se cargaba el mineral a los barcos atracados al costado del cargadero a través de unos conductos metálicos retraíbles.

Yolanda Estefanía, de la Biblioteca del Museo Postal y Telegráfico definió al Cable Inglés como una obra maestra de la arquitectura de hierro y una de las escasas muestras que existen en este tipo de construcciones, también conocido también como “El Alquife”, cumplió el pasado 27-04-2004 100 años de su inauguración. Esta obra de ingeniería ha sido, durante un largo periodo de tiempo, un cargadero de mineral utilizado como medio de transporte, almacenaje y punto de embarque por vía marítima del material procedente de las minas de hierro de Alquife (Guadix, Granada).


El Cable Inglés se encuentra en la playa de las Almadrabillas, en el Parque de las Almadrabillas, en Almería, junto al puerto deportivo Club de Mar y el Centro de Actividades Náuticas, y en la terminal de un ramal de la vía férrea. Se encuentra en la zona del Parque de las almadrabillas, como hemos dicho, y muy cerca se encuentra el monumento dedicado a las personas de Almería que fueron exterminadas en los Campos de Concentración Nazi.

Se comenzó a construir en el otoño de 1902, por encargo de la empresa británica “The Alquife Mines and Railway Company Limited”, que obtuvo la concesión en 1901, con el fin de simplificar y abaratar las maniobras de embarque de los minerales, que entonces eran muy lentas y exigían un gran esfuerzo humano. Así, se pasó de cargar 1.000 toneladas de mineral en 10 horas a cargar 8.000  toneladas en el mismo espacio de tiempo.

Lo inauguró el rey Alfonso XIII el día 27 de abril de 1904 y comenzó a funcionar el 12 de junio de 1904, permaneciendo operativo hasta septiembre de 1970.

La estructura del Cable Inglés consta de un sistema de acceso –en el que se alternan tramos metálicos con tramos de obra de fábrica- y un muelle embarcadero, formado por varios planos, al que corresponde la mayor densidad estructural por ser la parte que debía soportar la carga de mineral. Esta construcción forma parte de un conjunto de obras de ingeniería realizadas en la provincia de Almería, a principios del siglo XX, para facilitar el transporte de mineral desde los lugares de extracción hasta los puertos marítimos.

Para su construcción se emplearon un total de 3.824 toneladas de acero, procedentes de las fundiciones escocesas de Motherwell; se usaron 8.000 m2 de madera para revestimientos, 1.152 m3 de hormigón y un total de 1.056 metros de vías férreas de ancho ibérico.

Es un ejemplo y obra maestra de la arquitectura del hierro de inicios del siglo XX. Su edificación es posible debido a la construcción del puerto y del Ferrocarril, moviéndose su construcción en la corriente ecléctica pero introduciendo un nuevo lenguaje arquitectónico caracterizado por el empleo de nuevos materiales, caso del hierro. Su entorno lo forman la playa y un puente de enlace con la estación de RENFE de la capital de la provincia de Almería.


DESCRIPCIÓN DEL CABLE INGLÉS ó EL ALQUIFE.

Se compone de dos partes diferenciadas: el sistema de acceso que es un viaducto que une la estación del ferrocarril con el cargadero, y el muelle embarcadero, una estructura de 17 metros de alto por más de 100 de largo, a través del que los trenes podían descargar directamente el mineral en la bodega de los barcos.

Hoy día es uno de los símbolos de la ciudad de Almería y el orgullo de sus conciudadanos, amigos y visitantes.

EL CABLE INGLÉS ó EL ALQUIFE: EN LA ACTUALIDAD.

El 14 de febrero de 1980 el Ministerio de Obras Públicas decretó la caducidad de la concesión, paralizando cualquier uso del cargadero.

Fue declarado por la Junta de Andalucía Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento, en el año 1998, por medio de Decreto 166/1998 de fecha 28 de julio. En su proyecto se contempla su restauración para alojar en su interior un centro de exposiciones, un restaurante y un complejo de ocio, además de un mirador en su parte superior.

Hoy día el estado actual de la estructura está oxidado y muy deteriorado.

CONMEMORACIÓN DEL CENTENARIO CON UN SELLO POSTAL.

La Dirección de Filatelia, de Correos y Telégrafos, dependiente del Ministerio de Fomento, con motivo del centenario del Cable Inglés, realizó la emisión de un sello, el día 27-04-2004, con las siguientes características:

-         Fecha de puesta en circulación: 27 de abril de 2004
-         Procedimiento de impresión: Huecograbado
-         Papel: Estucado engomado fosforescente
-         Dentado: 13 ¾
-         Formato del sello: 40,9 x 28,8 mm (horizontal)
-         Valor postal: 0,52 €
-         Efectos en pliego: 50
-         Tirada: 1.000.000

También se editó un matasellos especial del primer día de circulación es este sello conmemorativo.

jueves, 23 de junio de 2011

Cafetería Bar Chikito

BAR CHIKITO. HISTORIA.

La Cafetería Bar Chikito está situada en la calle de Diego de León 20, 28006, de Madrid. Su teléfono es el 915 765 296 y su página web es: http://www.cafeteriachikito.com/.

El Bar Chikito, que es así como se conoce, fue fundado apareció como tal en el año 1932 gracias a Don Raimundo Viana, siendo un local muy entrañable del barrio de Salamanca. Con el tiempo escritores, artistas y toreros se acercaban al Bar Chikito a tomar unos vinos y unas croquetas de huevo duro, famosas en todo Madrid, siendo el diestro Miguel Baez “Litri” uno de los grandes propagadores de la bondad de estas croquetas.

El Bar Chikito fue una de los primeros en contratar personal femenino para atender la barra, y multitud de curiosos entraban en el establecimiento para comprobar cómo guapas y amables señoritas servían con pericia una caña de cerveza y los mejores sándwiches y canapés variados, así como el vermut a la salida de misa o mientras se rellenaba la Quiniela Hípica, cuando estaba de moda hacer apuestas de carreras de caballos en el Bar Chikito.

Entre las anécdotas curiosas, y trágicas, está aquella del aciago día 20 de diciembre de 1973, cuando muy de mañana, dos terroristas de ETA desayunaban con toda naturalidad en la barra del Bar Chikito para asesinar, inmediatamente después con una tremenda explosión en la calle de Claudio Coello, al almirante Carrero Blanco, en aquellos tiempos Presidente del Gobierno, delante de la Iglesia de los Jesuitas.

Otra anécdota más amable la tenemos cuando un Presidente del Gobierno de la democracia, Don Leopoldo Calvo Sotelo, iba muy a menudo, casi exclusivamente a limpiarse los zapatos además de degustar un buen café matutino, con Manolo (el “maestro lustrador” como gustaba de llamarse), sumiéndose en largas conversaciones, discutiendo sobre los más variados asuntos y finalizando sus interminables charlas con un no menos abrazo de despedida.

Hoy el fundador del Bar Chikito, Don Raimundo Viana, ya no está con nosotros, pero continúa su labor su hijo Don Carlos Viana, habiendo contemplado mas de dos generaciones de madrileños su obra, su dedicación su profesionalidad.

Todavía apetece, nos apetece, acercarse a la ondulante y cálida barra de madera de raíz para degustar con todo el sosiego del mundo y el servicio más personalizado, un vino español muy frío acompañado de unas aceitunas manzanilla y un exquisito canapé de “tartar” de ahumados o un delicioso y sorprendente “jacobino” a la mostaza, aunque ya tampoco esté Manolo, le limpiabotas, el “maestro lustrador”, para sacarnos brillo a los zapatos.

Os recomiendo encarecidamente que visitéis y disfrutéis de la Cafetería Bar Chikito.


BAR CHIKITO. RELATO CORTO.

Este relato corto se publicó en el núm. 0 de la revista literaria digital ALASTRAMUNDOS, Febrero de 2004.

Me encuentro sentado cómodamente en una de las butacas de las mesas exteriores de la cafetería “Bar Chikito” situada en el chaflán de las calles madrileñas de Diego de León y Velázquez. Es un maravilloso día del otoño madrileño. Hay ruido en torno mío, pero estoy tan absorto saboreando una taza de buen café colombiano que mis oídos oyen pero mi cerebro se niega a hacerse cargo de la vorágine que se ha convertido la circulación en Madrid.

Dejo vagar mi imaginación y me veo en el pasado, con cuarenta y pico años menos, delgadito, aunque ahora estoy algo entrado en carnes, con una decena de años y sentado en la mesa del comedor adyacente a la cocina de la casa de la calle de Diego de León en donde nací y vivía entonces.

Es un misterio, pero aún recuerdo los olores de aquella casa, la casa de mi infancia. Aquel aroma del café que nos daban, más tarde me enteré que era achicoria, ¡qué queréis era la posguerra!, no era el actual; pero allí estaba yo, con un tazón monumental de café de mentirijillas con buena leche al que yo, golosón, le agregaba tres cucharadas de azúcar y que no removía.

Todas las veces era reprendido por alguno de los mayores de la familia por esa extraña forma de tomar el café con leche. El misterio no era otro que odiaba la leche, nunca me gustó, y ahora, muchos años después, sigue sin gustarme; esto unido a que el café que se tomaba por aquellos pagos era bastante deficiente, encontré la solución de tomar aquella, para mí, mezcla diabólica que sabía, sin remover el azúcar, a rayos y truenos, trasegando rápidamente y pasando el trago por el coleto lo más rápido posible para, después, como colofón, tomar aquella especie de pasta dulcísima por las tres cucharadas de azúcar con el puntito amargo del café, y que te dejaba la garganta tan pastosa.

La vida de un niño de posguerra era aburrida, pero eso no lo sabíamos nosotros, así que el trajín diario que suponía hacer algún mandado y acudir a desasnarse, como decía mi tía Isidra, a la escuela primaria llenaba toda nuestra infantil existencia.

Lo que más me gustaba era que me enviaran a que me llenaran la lechera de leche fresca en la vaquería que tenía en mi propia manzana, a espaldas de mi casa. Había otra enfrente de casa, con más vacas y varios perros con morro negro y unas orejas muy pequeñas y el rabo cortado, pero nunca descubrimos la razón, eran perros de raza boxer y el vaquero era su criador; a esta vaquería sólo iban los niños mayores porque había que cruzar la calle de Diego de León y era peligroso.

A mí me gustaba más mi vaquería, la de la calle de Lagasca, pues tenía más vacas y olía muy fuerte, cosa que nunca nos importó. El dueño, padre de mi amigo Paco, nos dejaba entrar en el recinto y subirnos a las pilas de balas de alfalfa, donde el máximo placer era hacer un buen acopio de “mariquitas”, un insecto que nos parecía bellísimo, con aquella capa roja llena de pintitas negras. Teníamos un tarro de cristal, desportillado, y lo llenábamos de mariquitas, que, posteriormente, cambiábamos por cromos viejos o tacones gastados, al hijo del zapatero del barrio, para jugar al tacón.

Nos gustaba espiar al vaquero pues, el muy pillín, echaba agua a la leche sin que nadie le viese, eso creía él, y a la mezcla le seguía llamando leche. Más tarde me enteré de que había que echar agua a la leche para rebajarla, cosa que no entendí muy bien, pero como los mayores se las sabían todas, punto en boca.

Lo que más nos excitaba era cuando acordábamos todos los amigos quedar, por la tarde después de la escuela, a jugar al balón, en medio de la calle de Diego de León o en la de Claudio Coello, o, incluso algunas veces, en la de Velázquez. Así que, íbamos tan ufanos y contentos a la escuela, y lo primero que hacíamos en el patio era cantar el Cara al Sol y, tras dar los buenos días a la directora, que era mi abuela je, je, je, y a las profesoras, subíamos a las clases para que nos enseñaran a hacernos unos hombres del mañana, pues eso es lo que nos repetían machaconamente.

Por la tarde, después de hacer una fila para que nos dieran una ración alimentaria, por cortesía de los americanos, consistente en una saquito de leche en polvo y un trozo de queso amarillo tipo Cheddar, salíamos disparados a nuestras casas para jugar el partido.

Una vez le tocaba a uno, y otras a otros, hacer una pelota a base de papel de páginas del periódico ABC liado y atado con cuerdas viejas, lo más apretado posible. Al que le tocaba hacer de pelotero acudía ufano al lugar de encuentro con el amasijo de periódicos bajo el brazo, con la excitación y la duda sobre cuanto tiempo duraría aquel invento sin deshacerse.

La verdad es que duraba suficiente y cuando se rompía el jolgorio que se armaba era de los de toma pan y moja.

Cuando nos cansábamos, o se rompía la pelota de papeles, jugábamos al tacón, con tacones gastados de zapatos de hombre, o hacíamos una excursión a un solar, tapiado, de la calle de Lagasca esquina a la de Diego de León, en donde buscábamos trozos de cristal rotos. Encontrados éstos, salíamos pitando para ponernos, a razón de tres niños en cada farola, e ir dando forma redondeada al cristal con las cabezas de los tres grandes tornillos de la base de cada farola. Al que se le metían trocitos de cristal en el ojo, los demás, imprudentes, nos reíamos. El que completaba un redondel de cristal, recortaba de un cromo la cabeza de un futbolista y lo encajaba todo en una chapa de cerveza, para jugar a las chapas. Por cierto a estas chapas le aplicábamos un tratamiento especial, las poníamos debajo del zapato, cada uno con una, y caminábamos calle arriba calle abajo, raspando la chapa y hablando de nuestras cosas, para que se quedase suavecita y corriera mejor en el circuito que hacíamos. Cosas del Madrid de aquellos años en donde el ingenio ya lo usábamos los niños.

Al salir de mi nostálgica ensoñación, me percato de que el café que me estoy tomando, en la Cafetería Bar Chikito, aunque lo paladeo placenteramente, ni es café, pues es descafeinado, ni lleva leche, pues es largo de agua, ni tiene dos dedos o tres de azúcar en el fondo de la taza, esperándome, pues uso edulcorante artificial.

Sin embargo, me reconforta la recreación mental que hago de mi infancia y me veo otra vez ante mi querido tazón humeante, lleno de leche auténtica y con la certeza de que, cuando entre en mi cuerpo, justo después, ya viene…., ya llega…., el mejor premio, cual es esa especie de melaza dulce y sabrosa que te deja la garganta totalmente adulzada y con energías para volver a vivir otro día.

¡Mmmmmm el café de la infancia!

Gracias por vuestro interés amigos.

domingo, 19 de junio de 2011

Desde hace muchos años existe en Madrid la Pastelería Húngara.

A los que les apasionan los dulces tienen un antiguo establecimiento pastelero, que se llama la Pastelería Húngara, que está ubicada en la calle de Padilla número 33, distrito postal 28006 de Madrid, y su teléfono es el 914 026 574.


Podéis degustar unas tiras de hojaldre con manzana por encima y otras con mermelada de frambuesa, también las hacen de coco, que son espectaculares. Todos los fines de semana hacen otro dulce de la cultura austrohúngara y alemana: el Apfelstrudel ó Strudel de manzana.


La pastelería fue fundada, hace más de 60 años, por un húngaro y ha ido pasando de padres a hijos, e incluso a nietos, prácticamente igual. No tiene un diseño atractivo y rutilante como los de ahora, pero la calidad de sus dulces es inmejorable.

La Pastelería Húngara es una pastelería tradicional e histórica y eso se nota desde que se entra en el establecimiento y se observa su decoración y el ambiente que se respira en su interior.


En Navidad es aún más especial por su decoración y porque todo el mundo va a comprar sus turrones, pasteles y Tartas de Navidad, sus bombones y mazapanes. Son muy famosos sus volovanes ó pequeñas rebanadas de pan untadas con diversos ingredientes, todos muy naturales y elaborados en el propio establecimiento.

También son muy famosos los “Naranjines” que son tiras de piel de naranja confitados y untados con una capa de chocolate negro.

Dejo el resto de especialidades para que el visitante los descubra y los deguste convenientemente.

Espero que os guste el establecimiento, que yo suelo visitar con frecuencia para solazarme o adquirir los buenos productos que tienen para agasajar a mis amigos y deudos.

sábado, 18 de junio de 2011

LUGARES RECOLETOS DE MADRID: EL BRITISH CEMENTERY.

Uno de los lugares recoletos de Madrid es el Cementerio Inglés, el “British Cementery”, que está ubicado en el distrito de Carabanchel, en la calle del Comandante Fontanes 7, 28019 de Madrid, muy cerca de la estación de Metro de Urgel, de la Línea 5.

Está abierto al público los martes, jueves y sábados, excepto días festivos, de 10:30 a 13:00 horas.


El cementerio se inauguró en 1854. Aunque predominantemente ha sido un lugar de enterramientos cristianos, poco a poco se ha ido convirtiendo en un lugar de descanso de personas de otras creencias, incluido el judaísmo y el Islam, de muchas nacionalidades. Hay aproximadamente 1.000 personas enterradas en 600 tumbas. El cementerio es un lugar de descanso cuidado con mucho cariño, situado en un oasis arbolado y digno de paz y tranquilidad en una de las ciudades más grandes de Europa.


El mantenimiento del cementerio se realiza gracias al trabajo voluntario de la comunidad británica y al apoyo que se recibe de dos benefactores en el Reino Unido: The William Allen Young Charitable Trust y la Bernard Sunley Charitable Foundation. El Cementerio es propiedad del Gobierno Británico. Un comité de la comunidad británica con interés en la conservación del cementerio, se encarga de su gestión.

Se puede obtener más información en la página siguiente: http://www.britishcementerymadrid.com/

Un paseo matutino por dicho recinto supone un rato de paz espiritual y de recogimiento. Merece la pena visitarlo.

Antonio José Cerdán Ruimonte
Madrid

viernes, 17 de junio de 2011

LA FUENTECILLA DE LOS RECOLETOS AGUSTINOS en la calle de Alcalá de Madrid.

Un poco de historia alrededor de la fuentecilla de los recoletos:

El lugar que hoy ocupa la plaza de Cibeles formaba parte de un eje arbolado longitudinal que, en el Renacimiento, separaba el casco urbano madrileño de diferentes conjuntos monacales y palaciegos. Constaba de tres tramos principales, conocidos como:
·        el Prado de los Recoletos Agustinos (actual paseo de Recoletos),
·        el Prado de los Jerónimos (que se corresponde con el paseo del Prado) y
·        el Prado de Atocha (ya desaparecido).


La primera reforma de importancia de este eje se llevó a cabo a instancias de Felipe II, en el año 1570. En el siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, se emprendió una nueva remodelación. El proyecto, que recibió el nombre de Salón del Prado, fue ejecutado por los arquitectos Ventura Rodríguez y José de Hermosilla. Consistía en crear una gran zona ornamental de jardines y fuentes al este de Madrid, flanqueada en sus lados por diferentes recintos dedicados a la divulgación científica y cultural.
Fruto de esta iniciativa urbanística, fue la instalación en 1782 de la fuente de Cibeles junto al Palacio de Buenavista, en el paseo de Recoletos, mirando hacia la vecina fuente de Neptuno. En 1895, se tomó la decisión de trasladar este conjunto escultórico a la intersección del citado paseo con la calle de Alcalá, su actual ubicación. La confluencia de ambas vías fue aprovechada para crear alrededor de la fuente una rotonda de distribución del tráfico de carruajes, que dio origen a la plaza.
Cuatro años antes del traslado de la fuente había abierto oficialmente sus puertas el Banco de España, con lo que los ángulos occidentales de la plaza quedaron cerrados (esta construcción se encuentra en la esquina suroeste, enfrentada al Palacio de Buenavista, en la noroeste).
En los primeros años del siglo XX, el contorno oriental quedó definitivamente articulado, con la inauguración en 1900 del Palacio de Linares, después de 23 años de proyectos y obras; y en 1917 del Palacio de Comunicaciones, el edificio de mayor altura del recinto y el que, junto con la fuente, mejor define a la plaza, y actual despacho del ínclito Alcalde Presidente del Municipio de Madrid, Don Alberto Ruíz-Gallardón.


A continuación de la Plaza de la Cibeles arrancaba el paseo de Recoletos, que llegaba hasta la plaza de Colón, donde se encontraba la Puerta de Recoletos, construida en estilo barroco durante el reinado de Fernando VI pero perteneciente a la antigua cerca de Felipe IV que rodeaba la ciudad. Toma el nombre del convento de la orden de los agustinos recoletos, construido en 1592 donde el marqués de Salamanca levantó su palacio en 1855, hoy sede de la vicepresidencia de BBVA. Tenía el convento capillas tan populares como la de la Virgen de Copacabana y la del Cristo del Desamparo, de Alonso de Mena, llevado luego a la iglesia de San José. Y una bodega de gran nombradía, que despachaba vino a todo aquel que lo requería, siendo bien reconocido por el pueblo de Madrid por medio de esta coplilla:
“El Vino de los Recoletos
pasa bien por los coletos”

Era este paseo el antiguo Prado de Recoletos, por el que discurría como en el Prado Viejo el arroyo del Bajo Abroñigal, y que ya con Felipe II tuvo un ligero adecentamiento al realizarse la plantación de una arboleda dispuesta en una única hilera. En tiempos de Fernando VII empezó a urbanizarse, y en 1864, siendo alcalde de Madrid el Duque de Sesto, tomó su forma actual, con reformas posteriores a lo largo de los años.

Descripción y utilidad de la fuentecilla de los recoletos, cerca de Cibeles:

Muy cerca de la fuentecilla de los recoletos se encuentra la fuente de la Cibeles, cuya figura principal es la diosa Cibeles, obra del escultor Francisco Gutiérrez. Está montada en un carro dispuesto sobre una roca que se eleva en medio del pilón. En sus manos lleva un cetro y una llave y en el pedestal se esculpieron un mascarón que escupía agua por encima de los leones hasta llegar al pilón, más una rana y una culebra que siempre pasan desapercibidas. Dos leones esculpidos por el francés Roberto Michel, tiran del carro.
La fuente no sólo era un monumento artístico sino que tuvo desde el principio una utilidad para los madrileños. Tenía dos caños que se mantuvieron rústicos hasta 1862. De uno se surtían los aguadores oficiales que solían ser asturianos y gallegos y llevaban el agua hasta las casas y del otro el público de Madrid. En el pilón bebían las caballerías. El agua procedía de un viaje de aguas que, según la tradición, databa de la Edad Media de la época en que Madrid era musulmán. Tenía fama de poseer buenas propiedades curativas de cualquier mal.
En 1895 fue el traslado de la fuente al centro de la plaza. Con motivo de las obras pertinentes se hicieron nuevas remodelaciones. Se colocó el monumento sobre cuatro peldaños y se le rodeó de una verja para evitar en este caso el acceso. La fuente ya no cumplía su cometido porque la mayoría de las casas tenía o empezaba a tener agua corriente, por lo que el añadido del grifo y el oso se quitó, volviendo así al primitivo proyecto de Ventura Rodríguez. Además se añadieron en la trasera dos amorcillos; uno (cuyo autor es Miguel Ángel Trilles) vierte agua de un ánfora, y el otro (su autor es Antonio Parera) sostiene una caracola.
Pero con este cambio no se perdió la traída de aguas del viaje antiguo y para suplir la fuente como tal se construyó una fuentecilla con caño en la esquina de la plaza, del lado de Correos. Esta fuentecilla siguió siendo todo un símbolo para el pueblo de Madrid que allí acudía a llenar cántaros, botijos y botellas, como sus antepasados. La fuentecilla dio lugar a que la música le dedicara una canción:

"Agua de la fuentecilla, la mejor que bebe Madrid"
De esta fuentecilla manaba un agua fantástica, aunque los madrileños, con esa retranca que les caracteriza, decían que dicha agua “no servía para nada”, pues su sabor que era auténtico, era agua pura de manantial y sin clorar, y no gustaba al finísimo paladar madrileño. Sin embargo todos acudían a dicho caño para recoger, unos con cántaras, otros con botellas, o en cualquier recipiente que se pudiese acopiar, porque tenía un algo muy especial: con esa agua salían los mejores arroces que hacerse pudiesen.


Aquella fina y delicada agua de sierra, una de las mejores aguas que tuvo nunca ciudad ninguna, causó gran afición a los madrileños, porque utilizada en sus usos culinarios daba un resultado maravilloso, pues no agregaba sabor alguno a los guisos y arroces.

Todavía recordaba mi padre, haber visto una botella de “agua de Lozoya”, sellada y lacrada ante notario, con años de antigüedad, y que permanecía clara, limpia y transparente, sin posos ni sedimentos.

Desde hace unos pocos años, a finales del siglo pasado, el siglo XX, el Ayuntamiento de Madrid, por mor de la higiene y la salubridad, cegó el caño de la fuentecilla de los recoletos, privándonos a los madrileños de cocinar los arroces, a la madrileña, obligándonos a utilizar aguas embotelladas, higiénicamente puras.

Espero que este pequeño relato matritense sirva para ir conociendo un poquito de nuestro pueblo, Madrid, capital del reino de los españoles, además de eso, nuestro pueblo.

Desde este blog se agradece la amabilidad de Wikipedia y de Doña Lourdes Cardenal autora de los testos citados.

Bienvenidos al nuevo blog de Antonio José Cerdán.

Estimados amigos, este será un espacio amable dedicado a la investigación, a la observación, a la publicación de sucesos, lugares, espacios, singulares y recoletos de la ciudad de Madrid, sobre todo, y de algún lugar de España y del mundo, cuya información resulte interesante compartir para público conocimiento y disfrute. Espero no defraudaros. Muchas gracias.